viernes, 21 de octubre de 2016

Una visita a Flor Loynaz

Quinta Santa Bárbara. Foto: Radio Cadena Habana

Fragmento de un artículo de Miguel Ángel García Alzugaray publicado en su página:

En cuanto a Flor Loynaz Muñoz se ha dicho que era rebelde y férrea en la conquista de su libertad, así como que aunque no asumiera la poesía con la seriedad de sentirse poetisa, sí bebió en sus aguas como expresión íntima de su sentir más profundo.
Su padre, el General Enrique Loynaz del Castillo, le puso Flor en homenaje al valiente general Flor Crombet, compañero de lucha de Antonio Maceo, el Titán de Bronce. Pero los más cercanos le llamaban Beba, por ser la más pequeña del cuarteto de los hermanos Loynaz.
Muchos relatos se cuentan sobre su persona, algunos con visos de leyendas: fue, entre las mujeres, la primera en pasearse por las calles de La Habana en automóvil; que durmió dentro de un ataúd, vestida con sus mejores galas, por si la muerte llegara a sorprenderla durante el sueño; que fumaba grandes puros y era asidua visitante de los bares capitalinos y pobre de quien intentara siquiera sobrepasarse con ella, pues recibiría sin dilación en el impulso de su ira la firmeza de su carácter, y que para mostrar que la belleza interior era lo más importante, terminó rapando su hermosa cabellera.
Lo cierto es que pese a su fuerte carácter y su razonar cartesiano, Flor tenía un espíritu delicado. Bella y atractiva, creyó anticipadamente en los derechos de la mujer y concibió una manera singular de ponerlos a prueba. Le gustaba romper con los moldes establecidos para su sexo.
Constituyó la más cercana amiga en Cuba de Federico García Lorca, de quien fue asidua acompañante durante la estancia del poeta en La Habana en 1930. A ella le confió Lorca el manuscrito de su obra teatral Yerma.
En los primeros años de la década de los treinta tuvo una activa participación en las luchas políticas contra Gerardo Machado e incluso perteneció al Directorio Estudiantil. Le animaba un elevado concepto de justicia y no vaciló en unirse a un pequeño comando armado con su automóvil, «un Fiat del último modelo», que fue impactado varias veces por las balas de la policía y se encuentra expuesto actualmente en el Museo del Automóvil en la Habana Vieja.
Flor inspiró el personaje de Sofía de la novela El siglo de las luces de Alejo Carpentier, lo mismo que el cuadro fantasmagórico de la cinta Los sobrevivientes, de Tomás Gutiérrez Alea.
A diferencia de su hermana Dulce María que se sentía muy a gusto, viviendo en su "místico mundo interior", Flor necesitaba exteriorizar lo que sentía, más bien a través de sus actos que de la palabra escrita, lo cual explica en cierta medida que se conserven pocos de sus maravillosos poemas, ya que los escribía muchas veces en papeles de desecho que tiraba más tarde en el cesto de la basura, o los improvisaba de repente "cuando le venía la inspiración", declamándolos ante sus eventuales interlocutores sin preocuparse por el destino de los mismos.
Quinta Santa Bárbara, La Habana. © Alfonso Gamucio

De uno de estos hechos fueron testigos mi esposa y mi hija el día que conocieron a la controvertida hermana de Dulce María. Era un sábado por la mañana y hacía más de una hora que la escritora analizaba con mi cónyuge algunos ejemplos de la poesía pastoril de Garcilaso de la Vega, cuando a la sala proveniente de la cocina en donde dormía a veces en un viejo camastro, penetró una pequeña anciana muy delgada con una escasa cabellera tan blanca que parecía nieve o algodón. Vestía muy sencillo, pero su aspecto muy pulcro que completaban unos pequeños aretes de perlas, le daban un atractivo aire de feminidad.
Al ver a mi mujer, sin muchos cumplidos dijo muy seria: ¡Hermanita que sorpresa!. ¡Así que esta es la profesora rusa de la que me has hablado!. ¿Por qué no me la presentas?. Pero sin esperar una respuesta de Dulce María, extendió su huesuda mano recalcando: ¡Mucho gusto!, yo soy Flor, "la oveja negra de la familia", aunque ya verá que no soy tan mala como a lo mejor le han contado.
A continuación dirigiéndose a nuestra hija que se encontraba algo apartada leyendo en un rincón del vestíbulo le dijo: Tú debes ser Tatiana, la hija de Ludmila, ¿no es cierto?. A ver ponte de pie para verte mejor. Eres una muchacha muy hermosa. ¿Dice Dulce María que deseas estudiar Historia del Arte?. Te felicito muchacha porque es una carrera muy bonita.
Al descubrir que se hablaba de la poesía pastoril les dijo casi en rima: ¡que bueno!, me imagino que el autor alaba a las lindas florecitas, laboriosas avejas y mansas vaquitas. ¿Pero dónde están mis pobres hormiguitas?. Por eso, ¿no te pones brava Dulce si le recito a ellas unos versos que le compuse a las cucarachas y los ratones de mi hogar?.
La escritora roja de vergüenza, asintió con la cabeza poniendo una cara que parecía decir , ¡que remedio!
Deplorablemente, el texto de este inusual poema, lleno de humor y sabias moralejas se ha perdido, pero el siguiente relato de mi esposa tal vez pueda dar una idea sobre su contenido.
Al calor de la amena conversación con Flor, que acaparó ese día toda nuestra atención, nació la idea de visitar su mítica morada dentro de una semana, siempre que le garantizasen el transporte. Como se había acordado, el siguiente sábado se trasladaron en compañía de Flor hasta el reparto La Coronela, para visitar la quinta "La Santa Bárbara" en la que residía.
Al atravesar con el auto el portón de la alta cerca, que más que tapia, parecía sólida muralla que defendía el palacete del ataque de feroces piratas y corsarios, cuyas historias eran tan del agrado de la propietaria, tuvieron la impresión de que habían llegado a un olvidado castillo de un cuento de hadas.

La mansión estaba rodeada de grandes jardines donde algunos rosales y otras plantas decorativas luchaban por sobrevivir. La residencia era un edificio muy grande y sólido, que no obstante, desde el primer momento daba la impresión de que hacía tiempo no se reparaba.
En sus amplios portales, dormitaban una docena de perros callejeros recogidos por Flor que al detectar la llegada de su dueña, se lanzaron sobre ella ladrando y saltando locos de alegría.
Al penetrar en la vivienda, en el centro de la amplia sala que servía de recibidor, escoltado por dos enormes relojes de pie, se veía sobre un grueso pedestal un conjunto escultórico en el que un guerrero, tal vez espartano, caído en el suelo, se defiende con su lanza del furioso ataque de un águila. El ave, en otras épocas sin dudas magnífica, tenía ahora sus dos alas rotas que descansaban cerca del pedestal. Al observar el interés con que mi esposa e hija contemplaban esta obra de arte, Flor les dijo: esta pieza que es una de mis preferidas,tiene una historia muy linda, pues fue galardonada en la Exposición de París de 1889 que tan magistralmente describiera José Martí. Pero ya ven que destino más cruel le ha tocado. Venir de Francia para tener este final tan doloroso en mi propia casa. Es algo que nunca hubiese querido ver.
Recorriendo la casa por todas partes se veían huellas de abandono y destrucción. Parecía que un terrible huracán hubiese pasado por encima de la vivienda.
Debajo de la majestuosa escalera central de caoba, se amontonaban bustos y columnas de mármol rotas. En lo que fue antes el comedor, un largo lienzo que reproducía una carrera de cuadrigas en un hipódromo del imperio romano, mostraba una rasgadura en su centro, de más de un metro de longitud, como si hubiese sido cortada intencionalmente por alguien con un afilado cuchillo.
La capilla de la vivienda que visitaron a continuación, se había salvado al parecer milagrosamente de tanto deterioro.
Al mostrarles el patio central que existe entre las dos alas del edificio, en el que otrora un antiguo surtidor veneciano servía escogidos vinos en las costosas copas de cristal de bacarat de los invitados a las veladas literarias organizadas por Flor en sus años mozos, nuestra hija se percató que sobre el descanso de la escalera trasera que daba acceso al segundo piso, flanqueado por un gran jarrón de porcelana de Sevrés de raro color amarillo que descansaba sobre un trinchante de roble, había colgado en la pared un óleo bastante grande, que mostraba a una bella joven ataviada a la moda de los años 30, del brazo de un apuesto caballero vestido de blanco. La imágen de extraordinario realismo, transmitía al observador la felicidad que experimentaba la pareja de enamorados.
Flor con cierta ironía no exenta de humor preguntó a Tatiana: ¿sabes quién es esa dama tan bonita?.
Nuestra hija por supuesto no se atrevió a contestar, por lo que la anfitriona añadió: esa beldad que ves, es aunque no lo creas, esta horrible caricatura de ella que tienes delante.
¿Y quién es el hombre tan elegante que la acompaña?, inquirió Tatiana haciéndose que no había escuchado. Mi esposo, el arquitecto inglés Felipe Gardyn. ¿Verdad niña que tenía buen tipo?, expresó Flor sonriendo por primera vez, como si recordara momentos agradables de un lejano pasado . ¡No sabes como me envidiaban en aquél entonces mis tontas amigas!.
Su esposo, había levantado la mansión Santa Bárbara, actual sede de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano. Pero se sabe que fue Flor quien trazó lo que quería. La Quinta fue el regalo de bodas de su marido. Matrimonio que fue breve, brevísimo, quizás por el choque inevitable con la audaz y polémica personalidad de Flor.

Auto Fiat 1930 de Flor, al que ella llamaba”la bovina”. Hoy se conserva en el Museo del Automóvil en el Centro Histórico de La Habana. Foto: Rutacuba.com

Ese día, prosigue contando Ludmila, por haber sufrido una fractura de cadera, Flor ya no podía subir al segundo piso por la empinada escalera de su casa, por lo que pidió al encargado de la vivienda, que acompañase a mi esposa e hija para recorrer las habitaciones superiores. Así, pudieron conocer los cuartos en los que por tantos años había descansado Flor y en cuyas mesitas de noche había varios retratos de sus padres y sus hermanos, los amplios baños intercalados entre los mismos y por último, una habitación vacía en la que el acompañante con gran solemnidad recalcó: este es el lugar donde Flor daba de comer trocitos de pan a las cucarachas y ratones que acudían mansitos cuando los llamaba.
Al inquirir mi hija si esta historia era cierta, el encargado le aseguró que sí, pues a Flor le movían creencias orientales sobre la transmigración de las almas, por lo que consideraba que no se podía maltratar a ninguna criatura viviente, ni siquiera a los más dañinos insectos, pues todos ellos eran hijos de Dios.
Flor fue sin dudas un espíritu delicado. Adornada de un noble sentimiento que le hacía ver en cada criatura la posibilidad de hacer el bien, llegaba a límites inconcebibles, como cuando colocaba puñados de azúcar ante las cuevas de las hormigas.
Miraba en los animales los ojos de Dios. Un día arrancó de manos del cocinero dos conejos listos para convertirse en fricasé, compró todas las aves de un establecimiento para liberarlas ante los ojos atónitos del carnicero. La madre tuvo que crear un asilo para animales, porque Flor llevaba a casa a cuanto perro se encontraba en el camino -sin importar cuantos tuviera ya- y lo siguió haciendo hasta el final de sus días. Inmortalizó a uno de sus perro en este conmovedor poema:

Trenino
Trenino, hijo mío, mi perro:
quisiera tener tu corazón
tanto como quisiera tu cerebro;
un corazón humilde y un cerebro sencillo
que llevar dentro del cuerpo.
Y un cuerpo como el cuerpo tuyo: fuerte,
ágil, rudo a la vez ¡eso yo quiero!
Odio el hablar, que es privilegio triste,
prefiero tu ladrido: es más sincero
y más noble y más claro que la inútil palabra
con que hablo y con que pienso.
La burra de Balaam quedó asombrada
al hablar -y aunque fue sin entenderlo-
con la palabra le brotó una lágrima
que hocico abajo le rodó hasta el suelo.
Trenino, mi perro, mi hijo:
tú eres el mundo todo entero
puesto que eres inocente y fuerte
como el mundo en que creo.
Como el mundo que Adán no hubo manchado
con el pecado y con el sufrimiento.
Para tí -Dios lo sabe- son inútiles
el Infierno y el Cielo.
Por eso cuando mueras es posible
que te tome en sus manos un momento
y quede pensativo... ¡Sin saber
cuál es tu sitio en todo el Universo!
1936.

Aparte de estos ejemplos, la poesía de Flor Loynaz es fresca y prendida de un original lirismo. Poco difundida, lo mismo que estudiada, ha aparecido, sin embargo, en algunas antologías e incluida en textos sobre literatura cubana. Veamos una muestra:

Yo te ofrezco mis lirios ¿Por qué me pides rosas?
yo te ofrezco mis lirios más puros y más blancos.
¿A qué este afán continuo de pedir otra cosa,
si te doy de la vida, lo poco que he logrado?
Eres joven y quieres rosas frescas y rojas
no el perfume doliente, no los pétalos pálidos.
En mi jardín no esperes que tu mano recoja
lo que yo no he vivido, lo que tú no has sembrado.

SIN PAPEL

Esta vez el papel no me ha alcanzado
y la palabra vuela libre al viento.
Volará como vuela el pensamiento
hacia el país del sueño no soñado.
Lo escrito no ha quedado terminado
pero está vivo: que vibrar lo siento
con tañer de campana al firmamento
en un azul, de nubes despejado.
Aún cuando nunca más papel hubiera
o mi mano cansada no pudiera
trazar con línea firme la idea pura
ella estará cual lava derretida
socavando la tierra estremecida
hasta saltar un día ¡estoy segura!
(1976)

Dulce María, al valorar la poesía de su hermana expresó: "Yo pienso que ella ocuparía con justicia uno de los primeros lugares en la poesía cubana y más allá, no únicamente contemporánea, podíamos remontarnos más lejos; pero la opinión mía no la tendría en cuenta nadie, no sólo porque soy su hermana, y porque estoy muy unida a ella por lazos de sangre, sino además por lazos espirituales profundos que suelen valer más que los primeros".
Flor Murió sola como había vivido siempre, en 1985, el 22 de junio. Unos pocos, poquísimos, asistieron a su despedida.
Alguien con gran acierto dijo sobre ella: Flor es la Juana de Arco de nuestras letras. Nadie escuchó una queja cuando el cáncer la atenazó. En las paredes de su cuarto dejó estampado un auto de fe: "Te doy gracias Señor, / porque me diste un corazón valiente / que no teme a la muerte / ni a la soledad / ni al dolor / que no conoce otro temor /

que el tuyo".

Más detalles sobre la Quinta Santa Bárbara en cinelatinoamericano.org

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