viernes, 22 de julio de 2016

Roberto Méndez Martínez: Aquella Academia Cubana de la Lengua que yo conocí

Así, yo, un becado con mucho apetito intelectual y gastronómico, me vi una tarde de 1977, con mi única camisa de mangas largas digna de la ocasión, en la calle 19, a las puertas de la casa de Dulce María Loynaz, para una sesión pública de la Academia Cubana de la Lengua. Confieso mi turbación ante aquel portero uniformado que parecía vedar la entrada más que franquearla, así como mi incomodidad en aquel portal donde se reunían un grupo de damas y caballeros vestidos según una indefinible moda ancien regime.Aquello, como el propio formato de la sesión, con su campanilla, el tratamiento de “excelentísimos” a los embajadores presentes y la rara mezcla de catedráticos jubilados y nobles arruinados, desde un marqués a una vizcondesa, me hicieron sentir como si una máquina del tiempo me hubiera arrojado a una época prenatal.
Confieso que de aquella primera sesión recuerdo apenas eso que cuento y que me fue presentada Dulce María Loynaz, a la sazón vicedirectora de la institución, lo que me permitió hacerle una visita privada luego… pero eso es ya otro asunto. Vuelvo a ver, como en sueños —han pasado más de treinta años y varios huracanes por la Isla— a Luis Ángel Casas —hijo del compositor camagüeyano Luis Casas Romero— con su melena de paje dieciochesco y su medalla de académico, llevada como quien lleva un Toisón, rodeado de damas que escuchaban sus boutades; la tímida sombra del profesor Tortoló, cuya labor en el terreno lingüístico sólo ahora he podido ir aquilatando; y, al poeta Arturo Doreste, quien medio siglo antes había sido amigo de mi abuela y que por entonces fungía como Bibliotecario de la institución, en un misterioso recinto de la Iglesia de la Merced, prestado al efecto.
Confieso que mi mirada a la Academia entonces no fue muy benévola. Aunque yo fuera lector inveterado de añeja literatura y no un iconoclasta rampante, había demasiadas cosas que no entendía. ¿Por qué la entidad seguía afirmando, que según un decreto prehistórico, el Poeta Nacional era Agustín Acosta y no Nicolás Guillén? ¿Por qué estaban fuera de esa institución las figuras que me parecían más respetables en el panorama nacional, desde el mismo autor de Motivos de son hasta Cintio Vitier, Octavio Smith, Eliseo Diego, José Antonio Portuondo? ¿Por qué Alejo Carpentier, tan bien conocido por Dulce María, no era siquiera miembro correspondiente? Chacón había muerto hacía una década, Acosta y Labrador Ruiz estaban ausentes en Estados Unidos —aunque sus sillones les habían sido conservados— y el resto de la membresía, salvo Dihigo y Dulce María, me parecían ilustres desconocidos.
Volví a otras sesiones. Pude asistir a dos excelentes piezas oratorias de la autora de Juegos de agua: una dedicada a Delmira Agustini, que años después publicó y otra muy hábil desde el punto de vista de la oratoria forense: debía en ella pronunciar el elogio fúnebre de José de la Luz León, pero al parecer, tal intelectual ni le simpatizaba ni su obra le parecía notable y se valió del recurso de la digresión: resulta que éste había dedicado unas páginas a mi coterránea Carmen Zayas Bazán, la controvertida esposa de Martí, y a una extensa semblanza y defensa de ella, dedicó Dulce casi todo su discurso.
En aquellos salones entreví a figuras muy variadas: recuerdo en un balance del portal al presbítero y poeta Ángel Gaztelu, a quien nunca me atreví a abordar y también al investigador Armando Álvarez Bravo, autor de aquella Órbita de Lezama que tan importante había sido en mi formación literaria, por allí andaba también el jurista e historiador Delio Carreras, que todavía no era académico y hoy es el único sobreviviente de aquellos tiempos.
Quizá la última vez que estuve por allí fue hacia 1980. Luego supe, de manera indirecta, del fallecimiento de Dihigo, de la labor en la dirección de Dulce María, del inicio de una nueva época, en la que entraron en la institución Delio Carreras, Salvador Bueno, Luisa Campuzano, Lisandro Otero… Los tiempos cambiaban, aunque las sesiones públicas siguieran teniendo por un tiempo ese aire de celebración de otros tiempos, con aquellos brindis en que alternaban unos hojaldres en forma de mariposa y unas yemitas cuya receta nunca pude conseguir, con grandes vasos de sangría color obispo.
En realidad, durante décadas me olvidé de la Academia, me parecía algo lejano y extraño, hasta inicios de 2006, cuando su entonces Director, el narrador y periodista Lisandro Otero, me comunicó que había sido propuesto como Miembro correspondiente. Confieso que por un instante temí que me convertiría en uno de aquellos señores de otra época que detestaban la literatura cubana de su tiempo tanto como las novelas de García Márquez y Vargas Llosa y discutían largamente sobre si tal palabra se empleaba o no todavía en Cuba —aunque ellos apenas hablaban entre sí e ignoraban lo que se decía en la calle.
Mas, felizmente, los tiempos habían cambiado, ahora estaban en la Academia varios Premios Nacionales de Literatura, lingüistas de formación moderna, los aires eran otros, pero, no puedo negarlo, cuando una tarde de septiembre de 2006 fui a pronunciar mi discurso de ingreso en la Sala García Lorca, antigua cochera de la residencia de Dulce María, me pareció que asistían al acto, invisibles,  aquellos señores y señoras de antaño y que se reían, educadamente, de mí, que ahora empezaba a estar, como diría Fina García Marruz, entre “los mayores de edad, los melancólicos, / y qué extraño parece ¿no es verdad?”.
Publicado originalmente en Librinsula

lunes, 18 de julio de 2016

Dulce María Loynaz en una recepción


La foto pertenece a la colección de la biblioteca de la Universidad de Miami. No está fechada, pero se presume que haya sido tomada en la década del 50 del pasado siglo.

domingo, 10 de julio de 2016

lunes, 4 de julio de 2016

La editorial Betania publica "La Dama de América" de Alejandro González Acosta

En esta entrega, el también historiador y periodista González Acosta reúne sus escritos sobre la poetisa cubana Dulce María Loynaz (La Habana, 1902-1997) con quien compartió una amistad muy cercana en la época cuando ella era considerada una “burguesa contrarrevolucionaria” en la Isla. Además de estos documentados textos, este libro incluye cartas y discursos de Dulce María que son un verdadero aporte a la bibliografía de esta distinguida cubana galardonada con el Premio Miguel de Cervantes en 1992. La Dama de América es un libro indispensable para conocer verdaderamente la historia de Dulce María Loynaz en su isla, adulterada y falseada por la “crítica oficialista” cubana.

Más detalles sobre el libro y la posibilidad de descargarlo gratis en Betania

Pd: Gracias a "Teresa" por la alerta.

viernes, 24 de junio de 2016

Pablo Álvarez de Cañas: un diccionario, dos versiones y una sutil diferencia

La editorial "Renacimiento" de Sevilla, publicó en el 2002 "Los españoles en las letras cubanas durante el siglo XX. Diccionario Bio-bibliográfico". Su autor, Jorge Domingo Cuadriello (La Habana, 1954), dice en la entrada correspondiente al esposo de Dulce María Loynaz:

ÁLVARES DE CAÑAS, PABLO (Santa Cruz de Tenerife, Islas Canarias, 28 de abril 1893- La Habana, 3 de agosto 1974). Periodista. Después de haber terminado el Bachillerato en el Instituto de Segunda Enseñanza de La laguna, arribó a Cuba en diciembre de 1918. En un principio tuvo que trabajar como pesador de cañas en un ingenio de Camagüey, pero al poco tiempo se trasladó a LH  y se inició como viajante de comercio. Más tarde ingresó en la redacción del diario El País y se hizo cargo de la Crónica Social. Durante varios años ocupó este puesto, que le valió amplia popularidad y adentrarse en la alta burguesía cubana. También colaboró en Excelsior y en El País Gráfico y fue redactor, alrededor del año 1926, del periódico El Siglo. En 1937 fundó y empezóa dirigir la excelente revista Selecta, que duró varios años, y en 1946 casó con la destacada poetisa Dulce María Loynaz. Fue nombrado representante en el extranjero de la Asociación de Grandes Tabacaleros de Cuba. En unión de Gonzalo Menéndez compuso El libro de Oro de la Sociedad Cubana (1935), junto con Joaquín de Posada y Eduardo Cidre elaboró, en varios tomos, el Libro de Oro de la sociedad habanera (1945) y en colaboración con Joaquín de Posada dio a la imprenta, también en varios volúmenes, Libro de Oro de la sociedad habanera (1952-1955). Inconforme con el carácter comunista de la Revolución, abandonó la isla en 1961 . Muy enfermo, retornó en 1972.



Posteriormente, en 2010 la editorial "Letras Cubanas" publicó el "Diccionario bio-bibliográfico de escritores españoles en Cuba. Siglo XX". En la página del copyright no se menciona la existencia de una edición anterior, así como tampoco en la introducción al libro.
La entrada de Pablo Álvarez de Cañas se matiene idéntica, solo cambiando el final como puede verse en las fotos:

"Inconforme con el carácter socialista de la Revolución, abandonó la Isla en 1961. Muy enfermo, retornó en 1972".





En ambas publicaciones la cita #2 remite al libro testimonio "Fe de vida" de Dulce María Loynaz, editado en 1995, para tener más datos sobre Pablo Álvarez de Cañas.

martes, 14 de junio de 2016

viernes, 3 de junio de 2016